¿Cuál es tu "personaje" de la Semana Santa?

Actualizado: abr 11

Conocer el color preferido de alguien, su película favorita, su gusto de helado más elegido y muchas otras cosas son las que de algún modo nos definen o permiten conocer a una persona. Sí, es un conocimiento bastante superficial, pero por algo se empieza, ¿no?


Si prestamos atención veremos que cuando dos niños se conocen, después de saber su nombre lo que sigue es saber el equipo de fútbol del cual es hincha. A partir de esto se puede entablar una relación que a mayor conocimiento puede resultar una gran amistad.


Pero las preferencias y gustos no se dan sólo en el plano de lo natural o cotidiano, sino también en lo espiritual y religioso. Tenemos nuestras devociones particulares, porque éste o aquél santo “nos gusta más”. O simplemente porque nos sentimos reflejados en “cómo era” el santo, o porque tenía tal o cual temperamento; o bien porque vencieron un vicio en particular.


Muchas veces esto comienza después de haber leído un libro o algún escrito en particular, o por tradiciones o costumbres familiares. Tal vez una película nos ayuda. Algún episodio de la vida o simplemente el nombre que llevamos nos lleva a tener alguna devoción personal.


Todo esto viene a cuento de que me acordé de algo. Cuando era adolescente participé durante varios años en la actuación de un “Vía Crucis viviente”. En aquella representación se mostraban los hechos más notables de toda la Pasión de Jesús. Así como existen los famosos pesebres vivientes, en los que aparecen distintos personajes (Reyes Magos, pastores, San José, la Virgen, el Niño…), así también en muchos lugares del mundo para la Semana Santa se acostumbra representar el camino de la Cruz. Allí me tocó un personaje en particular…


Participar de algo así es como actuar en una obra de teatro. Bueno, de hecho, salvo porque no se cobraba entrada ni había butacas, se trataba de eso, una especie de obra teatral. El escenario era móvil para que a modo de procesión los fieles pudieran ir rezando. Las escenas y cuadros iban variando. Podría decirse que esta obra tenía catorce actos, tal como en los teatros, sólo que en el Via Crucis se llaman “estaciones”. Había un vestuario particular y hasta un guión que, por supuesto, estaba sacado de los textos evangélicos.


¿Han notado que lo que acontece en Semana Santa es como una gran obra teatral? Tiene sus distintos personajes, sus actos, sus escenarios diferentes. Incluso la trama nos permite divisar un gran final. De hecho muchas veces se ha dicho de la Santa Misa que es un drama.


Todos estos pensamientos me llevaron a reflexionar cuál era el “personaje” de la Semana Santa con el que me sentía de algún modo identificado, o bien, cuál me permitía meditar mejor los Misterios de la vida de Jesús. Sin duda que hay muchos, pero hay uno en particular, que es precisamente aquél que vaya a saber por qué razón me fue elegido reiteradas veces para representar. Pero ese secreto no se los contaré todavía…


Hablando con distintas personas vi que algunos gustan de meditar y pensar en la figura de Cristo, en su sufrimiento y servicio en aquellos días sagrados. Algunos se sentían identificados o se gustaban poner en el lugar de María Santísima, quizás porque eran madres o mujeres y comprendían el dolor que padecía un hijo. Otros se centraban en algún episodio particular, en la ayuda a llevar la Cruz del Señor por parte del Cireneo.


Ahora me gustaría preguntarte: ¿cuál es TU personaje de la Semana Santa?


Quizás sea la Virgen María, quien como nadie soportó el dolor de una madre. Una madre que ve padecer y morir a su hijo. Aquél hijo que iniciaba su vida luego de que María aceptara el mensaje de Dios por medio del Ángel Gabriel, en aquél episodio conmovedor de la Anunciación. María, al pie de la cruz, será Corredentora de toda la humanidad. Será a partir de allí que tendrá a su cuidado a nosotros sus hijos después de que escuchara a Jesús: “Ahí tienes a tu hijo” (Jn, 19, 26). ¿Cuáles tienen que haber sido los sentimientos de María durante aquellos días?


Pedro, sin duda es una figura particular. Al corazón arrepentido, luego de haber negado muchas veces, muchas más de tres, al mismo Jesús por el pecado, puede resultar provechoso para meditar durante estos días. ¿Ya pensaron en la mirada que debe haber puesto Jesús sobre Pedro aquella noche en que cantó el gallo? Sus ojos penetrando los de Pedro, el discípulo a quien le había confiado todo. Francisco Luis Bernárdez, ese gran poeta argentino lo resume en versos profundos de su poema “el Gallo”:

“Después de escuchar tres veces

mi traición y el canto aquél,

el Señor clavó los ojos

en mi corazón infiel,

y los hundió tan adentro

que de dolor desperté,

y ante la noche sagrada

lloré por primera vez.

El gallo cantó tres veces,

y otras tantas te negué.”

Protagonista importante de esta Historia Sagrada es sin dudarlo María Magdalena. ¿Cuánto dolor habrá sentido aquella mujer que luego de haber sido rescatada de la muerte veía ahora ante sus ojos, la cruel y terrible agonía de su Jesús amado? Hablamos no solo de aquella muerte a pedradas de la que fue salvada, sino de otra más importante, la muerte del pecado de la que muchas veces somos parte.


Probablemente la figura de Judas nos traiga reflexiones particulares: el beso de traición y la recompensa de apenas treinta monedas de plata. Claro, nadie lo señalaría como preferido ni se siente espontáneamente "identificado" con él... pero... ¿Acaso no hemos entregado al Señor con un beso y a cambio hemos recibido nada, comparado con la recompensa que el Señor pone ante nuestros ojos?


Así tantos otros personajes pueden ser dignos de nuestra consideración. Podemos ponernos en los zapatos de aquellos que tuvieron un papel de testigos de esta gran historia. Hay mucho en el “reparto”: los discípulos, el Sanedrín, Herodes, las mujeres de Jerusalén, hasta el mismo Pilatos interrogando al Señor, quien se manifestaba ante sus ojos como Rey y Mesías.


También está Barrabás, siendo liberado mientras se elegía condenar a un ladrón inocente. Porque Jesús también era un “ladrón”, como el mismo Bernárdez lo dejó pintado bellamente:

“El uno roba los bienes,

el otro la voluntad;

aquél para su provecho,

éste para nuestra paz;

el primero por malicia,

el segundo por bondad;

Jesús para nuestro bien,

para su bien Barrabás.

—¿Queréis que os suelte a Jesús?

—Suéltanos a Barrabás.”

Pues bien, ahora te diré la figura que a mí me gusta meditar.


Quizás pensaste que era el buen ladrón. Ese que, arrepentido, al finalizar su vida de error y cumpliendo una condena, le suplicaría clemencia al Señor, quien le prometería estar ese mismo día con Él en el Paraíso. No, no es él.


Aquél personaje con el que en muchos momentos me he sentido identificado y que me tocara representar en aquél Via Crucis era otro, quizás más silencioso. Se trata de aquél joven muchacho discípulo de Jesús. Aquél que lo acompañó desde que fue llamado por Cristo para seguirlo. El mismo joven que estaría en los momentos claves, incluso en la oración en el huerto de los olivos junto a Pedro y Santiago.


Sin dudas la figura de San Juan Evangelista fue el gran testigo de toda esta historia. Fue quien detalló en su Evangelio con mayor detalle los sucesos más conmovedores. Especialmente dejó el minucioso detalle de lo que pasó, obró y dijo el Señor en el escenario de la Última Cena, cuando se instituyera la Eucaristía y pronunciara uno de los discursos más bellos sobre la Caridad.


Aunque lo que particularmente me impresiona de este apóstol son dos escenas o momentos significativos.


El primero es aquél momento en que, luego de presenciar su camino al Calvario, su Crucifixión, estuvo al pie de la Cruz con María, a su lado, acompañándola como un verdadero hijo. Allí se dio aquella escena magnífica en que Jesús dejaba en manos de María a su discípulo y, al mismo tiempo, a nosotros sus hijos nos deja por protectora a su Santa Madre, María: “Hijo, ahí tienes a tu Madre” (Jn, 19, 27).


El otro “cuadro” que me gusta meditar sin dudas es uno casi imperceptible ocurrido en la Última Cena. El capítulo 13 del Evangelio relata un pequeño detalle. ¡Pero claro! Quien lo cuenta es el mismo que lo vivió: “Uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba, estaba recostado en el pecho de Jesús” (Jn, 13, 23). Imaginen por un momento qué le habrá mostrado Jesús, qué habrá sentido en aquellos momentos en que reclinó su cabeza en el corazón del Señor. Escuchó sus latidos amorosos. Lo hizo partícipe de sus más íntimos sentimientos, de sus secretos más profundos. ¡Quién pudiera estar recostado en el pecho de Jesús! Estar en sintonía con su Sagrado Corazón. Sin dudas ese momento debe haber sido magnífico. Tan íntimo como misterioso. Tan profundo como fugaz en el tiempo. Por eso Juan es el discípulo que representa el amor, la Caridad.


El Cenáculo y el Calvario, dos escenarios distintos rodeados por un único amor, el de Jesús, entregado por nosotros.


Quizás por esta razón un día, casi sin pensarlo, escribí la siguiente oración en forma de poema:

Señor, que del abismo me has llamado

a ser sal de la Tierra, luz y fuente.

Señor, que has puesto Gloria en mi presente

dejando atrás lo oscuro del pasado.

Señor, Tú que por joven me has amado

librándome del llanto permanente.

Señor, que estando en Cruz fuiste clemente

donándome a tu Madre y su cuidado.

Señor, que das perdón y que paciente

levantas todo el peso del pecado

a quien con toda el alma se arrepiente.

Señor, que das reposo al agobiado,

recíbeme en tus manos dulcemente

y déjame en tu pecho recostado.

Ahora te pregunto, ¿qué papel cumples en esta historia?, ¿sobre quién vas a meditar en esta Semana? ¿Cuál será la escena y el episodio que te ayude a acercarte más al Señor? ¿Acaso vas a ser un “extra” en la historia de Jesús que pasa por tu vida; o serás más bien un protagonista? ¿Cuál será el papel que Jesús desarrolle en tu vida?


No sé cuál será tu personaje. Lo que sí puedo asegurar son dos cosas. El gran escritor de toda esta gran obra es el mismo Dios. Y el escenario más importante en el que Jesús quiere ser protagonista es el de nuestras vidas. Lo que resta por hacer es escribir el final… Y vos, ¿qué estás dispuesto a hacer en tu vida para escribirlo?


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