¿Dices la verdad? (1) El fin de lo políticamente correcto




Un cuento con trampa

Tal vez conocen el cuento chino del príncipe, perdón no es “un cuento chino” ni una estafa, sino un cuento… de origen chino… Se trata de un príncipe que quería encontrar una princesa con la cual casarse. De todos modos, sí tiene algo así como una “trampa”. Trataré de ser breve, perdón si les gustan los detalles novelescos, pero por razones de tiempo, voy al grano.


El príncipe se preguntaba qué cualidad debería tener su princesa ideal. Después de pensarlo mucho decidió hacer algo: hizo llamar a todas las mujeres hermosas del reino y a todas les dio una semilla y les dijo que la plantaran, y la que le trajera la flor más hermosa con esa semilla que él les daba, se casaría con él. Todas corrieron a plantarla, reglarla, etc. Había una joven hermosa pero muy pobre, hija de la cocinera, que por más que hizo su trabajito con la semilla (ponerle buena tierra, regarla y… hasta cantarle con mucho amor para que crezca… ya no sabía que hacer la pobre), no germinó ni una hojita.


Finalmente llegó el día en que todas tenían que presentarse con la flor en cuestión. Iban todas con sus macetas hermosas, con flores super hermosas… pero nuestra especie de “cenicienta” iba con la maceta con tierra nomás… Entonces, el príncipe recorrió a todas con su mirada y llegó donde la pobrecita que tenía la maceta con tierra, quien tenía la mirada clavada en el suelo de la vergüenza. Y levantándole el rostro con la mano le dijo “¡me casaré contigo!” Nadie entendía nada, y el príncipe explicó:


“Durante mucho tiempo estuve meditando sobre cuál es la cualidad que más me atrae de una mujer y me di cuenta de que es la sinceridad. Ella ha sido honesta conmigo y la única que no ha tratado de engañarme. Os regalé semillas a todas, pero semillas estériles. Sabía que era totalmente imposible que de ellas brotara nada. La única que ha tenido el valor de venir y contar la verdad ha sido esta joven. Me siento feliz y honrado de comunicaros que ella será la futura emperatriz”.


Y así fue cómo el príncipe de China encontró a la mujer de sus sueños y la hija de la cocinera, se casó con el príncipe soñado. Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.

No es un cuento “con moraleja”, es un cuento con un ideal que inspira y atrae por la belleza. Nos muestra la fealdad de engañar para conseguir algo y cómo ser sinceros o veraces, es algo tan noble y digno de un premio tan grande.


¿Pero y dónde está la “trampa”, padre? ¿la trampa fue que les dio una semilla infértil?... nooo… eso es muy obvio. No es eso. No creo que nadie haya adivinado… No es muy evidente, como tampoco es muy evidente en nuestra vida. Muchas veces somos como el príncipe: ¿en qué sentido? En que somos hábiles para exigir y probar la sinceridad de otros pero ¿y por casa cómo andamos?...


El príncipe -al igual que nosotros con las personas que nos rodean- valoraba mucho la sinceridad en la que iba a ser su futura esposa. La pregunta es ¿era él sincero? Querer que otros lo sean, no implica que lo seamos. Entonces, de esto se trata también este post.

Quid est veritas? (¿Qué es la verdad?)

La verdad es siiin duuudas uno de los más grandes temas. Tan tan tan grande que Cristo se llamó a Si mismo “la Verdad”, y nos dejó una de sus frases más esclarecedoras de todos los tiempos: “la verdad os hará libres”. Y cuando Pilatos le preguntó, desde su rol de político -y con el típico tono de político escéptico- quid est veritas? Cristo no respondió. En parte porque Él ya había respondido inmediatamente antes (en el versículo anterior a la pregunta, Jesús le había dicho: “Tú lo has dicho: soy Rey. Yo nací y vine al mundo para decir lo que es la verdad. Y todos los que pertenecen a la verdad, me escuchan” Jn 18, 37), en parte porque se daba cuenta que Pilatos no tenía interés en descubrirla, o mejor, en descubrirLo. Quien es veraz, no sólo halla la libertad, la realidad de las cosas, sino halla al que ES la Verdad.


En términos de nuestro querido Santo Tomás, la verdad es “la adecuación del intelecto a la cosa”. Adecuación es una palabrita muy de filósofos. Usemos una analogía, una metáfora: la verdad es como un contacto o mejor un abrazo profundo entre nuestra inteligencia y la realidad de las cosas.

“¡Sos una gran mentira!”

Yo soy la Verdad… dijo Cristo. ¿Escucharon alguna vez decir a alguien “¡Sos una mentira!” o “¡Sos una gran mentira!” (sos una farsa)? no me refiero a “sos un mentiroso” sino “sos una mentira” (me estoy imaginando una telenovela venezolana, no sé ustedes). Aunque parezca una exageración, no es del todo incorrecto. Cuando nos acostumbramos a la mentira, al doblez, al fingimiento dejamos de ser “veraces” y nos transformamos nosotros mismos poco a poco en… “una mentira”…


A ver: una cosa es la verdad que se halla en nuestra inteligencia al conocer algo, y otra cosa es “ser veraces”. Se llama “veraz” a quien habitualmente “dice verdades” o habla verdad. Y ser veraces, o sinceros, para seguir la metáfora del cuento del príncipe chino, es como un matrimonio, no sólo un abrazo, no sólo algo de un instante. Y no sólo entre nuestro intelecto y realidad, sino con nosotros y la verdad… y ¡mejor aún! un matrimonio con el que es la Verdad. Y si les parece que mezclar la idea del amor, del matrimonio, del abrazo con la verdad es una exageración, miren esto (me cargan de que me gusta mucho la etimología de las palabras, pero bueno, ahí va otra): veraz viene del latin verus, que se asocia con la raíz indoeuropea wer que significa también amistad. Así es que el fruto de ser veraces es una amistad con la Verdad.


En definitiva ese abrazo con la Verdad nos libera ante todo de las ataduras del pecado que es la peor de las mentiras, porque es mentirnos a nosotros mismos, diciéndonos que así, cometiendo esta o esta otra falta, haciendo lo que está mal a los ojos de Dios, seremos felices.

Lo “políticamente correcto” se fue al pasto

Desde finales del siglo pasado y hasta el día de hoy se usa con frecuencia la expresión “políticamente correcto” (politically correct, en inglés). La expresión tiene su historia, al que le interese le dejo el link (https://bit.ly/36n2z94).


Tiempo atrás se usaba en sentido positivo, o sea, como una manera de “no discriminar” u ofender al hablar. Por ejemplo, en vez de decir países pobres, se comenzó a hablar de “países del tercer mundo” o “personas en riesgo de exclusión social” para no decir… personas pobres. Lo políticamente correcto se fue institucionalizando como una manera de eufemismo social (¿eufemismo? Cambiar un término por duro o que suena mal por uno más blando, que suene mejor).


Pero claro, como era de esperarse, la corrección política se fue al pasto, como se dice hoy, se salió de control. Paso 1): Lo correctamente político se transformó en la manera de difundir cualquier noticia o dar un discurso; 2) se consolidó esta idea de “no desagradar a nadie” como un valor primordial; 3) por supuesto, este hábito en la manera de comunicar pronto derivó en otro: la censura. Ya no sólo es conveniente, sino que no se puede decir de otra manera. Está mal. ¿Quién lo dice? La policía del lenguaje.

La policía del lenguaje y el pensamiento

¿Quién ese esta policía? Todos. O sea, la sociedad entera parece haberse convertido en la guardiana del lenguaje políticamente correcto. Si decís algo “políticamente incorrecto” recibirás una corrección, una sanción y hasta por qué no, la cárcel. Ya no se puede decir “el rey está desnudo” como en el famoso cuento no-chino de Hans Christian Andersen. Hoy el niño no recibiría la admiración del pueblo sino… sería censurado. Lo que comenzó siendo la elección de algunos por no ofender o por agradar, terminó convirtiéndose en una obligación que cumplir: hoy no se puede usar otro lenguaje que no sea el “políticamente correcto”.


Pero claro, ustedes vieron como son las caídas, dijimos 3 pasos, pero estamos ante un verdadero tropiezo, un derrape, ya los pasos no se cuentan de a uno, dos o tres. Llega un momento que quedás desparramado en el piso de la ridiculez: No sólo era cuestión de adaptar el lenguaje, “lo que decimos”, a ese principio de “no hacer sentir mal a nadie”, sino que… en realidad… la realidad misma tiene que adaptarse para no hacer sentir mal a nadie, tiene que adaptarse, en primer lugar a lo que decimos hasta llegar (en camino inverso) a nuestro intelecto, hasta que creamos en eso que decimos... pero que no es.

Y claro, acá terminamos en divorcio y separación. No más matrimonio, no más veracidad.

La moderna policía del lenguaje se transformó en policía del pensamiento. Es decir, tenía que asegurarse de que no sólo digamos lo políticamente correcto, sino que lo pensemos también.


Sí, lo políticamente correcto “se extravió en los radicalismos hasta convertirse en un movimiento tiránico que bordea el absurdo y da pie a burlas”, dijo la escritora Piedad Bonnett en su columna de El Espectador en 2015.

La locura llevó a la publicación de un diccionario, el Bias-Free Language (lenguaje libre de prejuicios), propuesto por la Universidad de New Hampshire (Estados Unidos). En él encontramos estas “traducciones” a lenguaje PC (políticamente correcto): “persona internacional”, en vez de extranjero; o “persona de talla” en vez de “gordo”; o “persona que carece de las ventajas que otros tienen”, para señalar “pobre”; o “persona de riqueza material”, para decir “rico”.


El profesor Herbert Kohl en su libro Uncommon differences: on political correctness, core curriculum and democracy in education decía con sentido común: “Todos los chistes molestan a alguien. Por ejemplo, con el de: van dos y se cae el del medio, puede que alguno diga: me ofende porque mi padre siempre iba en medio y se cayó, no te metas con él. Eso puede pasar. Ahora te ofenderán todos los chistes de ir en medio, todos los de caerse, todos te van a molestar. Te dirán cosas como: ojalá toda tu familia vaya en medio y se caiga, aprende a respetar, subnormal. Hay alguien así para todo”

Y estos ejemplos y datos podrían multiplicarse… y aunque primero podamos reírnos… terminaremos… llorando, peeeero…

No hay mal (ni tiranía) que dure 100 años

La incorrección política comienza a constituirse nuevamente como un valor. Las tiranías siempre se ceban llevando todo al extremo, como dijimos, y terminan mal. El ansia de control e imposición lleva a sus ejecutores a una temeridad increíble, creen que todo es posible, que no hay límites a sus ilusiones, y que siempre podrán dominar más y más, ajustar más y más la soga sobre el cuello de una sociedad que cede y cede.


De la mano de intelectuales jóvenes como Agustín Laje, Nicolás Márquez, Ana Belén Marmora, Lupe Batallán, entre otros, hemos visto que el humor y la ironía salían en nuestra defensa. Sentíamos como un alivio al escuchar brillantemente fundamentado, explicado y humorizado (si me permiten inventar una palabra) verdades de sentido común que ya no se podían decir como: “fulano es un varón disfrazado de mujer”. Decir eso todavía podría llevarnos a la cárcel. Pero hay esperanzas fundadas de que un nuevo lenguaje políticamente incorrecto (y respetuoso, y prudente) resurja.


Último momento: el príncipe chino… se divorció de la emperatriz y… adivinen qué…

Pero volvamos al príncipe chino. Lamento decirles que el cuento no tuvo un final feliz: se divorció de la emperatriz y se casó con su hermana, que antiguamente supo ser su hermano, pero que la ideología de género convenció de que podía ser lo que quisiera...

Fuera de broma, asumamos lo que nos toca. También nosotros podemos ser como el príncipe: exigentes de verdades, pero mezquinos para darlas.


Entonces, si queremos ser fieles en nuestro matrimonio con la Verdad, nos toca trabajar en 3 aspectos:


1º examinar y corregir lo que decimos

Si queremos librarnos de la tiranía de lo políticamente correcto tenemos que hacer nuestro aporte. Animarnos a decir cosas que “no se pueden decir”. Ya hablaremos sobre esto en un próximo post. Pero al menos comenzar a experimentar. Decirlas con respeto, pero decirlas. ¿Qué tal si le decimos a esa cuñada/o (se acuerdan que teníamos esta opción de poner una / (barra), para cuando era varón o mujer?, no hacía falta la “e”), que tal vez sea lo mejor casarse en vez de simplemente convivir?. ¿Qué tal si le explicamos con respeto y cariño el GRAN BIEN que es el sacramento del matrimonio?.¿Qué tal si llamamos al profesor, o al director de nuestra empresa y le decimos que no nos parece bien que use la “x” o la “e” en lugar de “o” correspondiente?.¿Qué tal si…? Hay muchos bienes que podríamos hacer siendo sinceros, respetuosos y caritativos.


2º examinar y corregir lo que pensamos

La falta de verdad en nuestro intelecto no viene sólo de la confusión actual del lenguaje políticamente correcto. Ni viene solamente tampoco de las mentiras, errores y barbaridades que escuchamos por los medios de comunicación por parte de los ideólogos de la nueva izquierda. No es sólo la acción de la mentira y de su “padre” lo que nos ha hecho daño. Hay mucho de culpa nuestra, de omisiones nuestras, de no formar nuestra inteligencia con la verdad. Verdades contenidas en las Sagradas Escrituras, y en el catecismo sin duda, pero también verdades de la ciencia, de la filosofía, de la historia, que están allí, esperando deseosas en esos viejos artefactos para ser libres que se llaman libros… (los buenos, claros, porque también los hay malos).


3º examinar y corregir lo que hacemos

Y claro, no hay mejor manera de casarse con la verdad, de manera definitiva, completa y perfecta como el llevar a la acción lo que decimos y lo que pensamos. Es recién cuando vivimos la verdad o mejor en la verdad, cuando somos realmente libres.


¿Y por donde comenzar? Por nuestras contradicciones más evidentes, hasta erradicar las más ocultas. Para que todo en nosotros se transforme el luz, para que Cristo pueda abrazar con ganas nuestra alma y colmarla de Su Luz que se llama Espíritu Santo.


Si emprendemos esta tarea, seremos libres, y algo mejor todavía: ¡seremos verdaderamente felices! Si no, como dice Cristo nos transformaremos en “insensatos”:

“Cualquiera que oye estas palabras mías y las pone en práctica, será semejante a un hombre sabio que edificó su casa sobre la roca (…) Y todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica, será semejante a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena”


Como decía el P. Castellani:

“El que no respeta mucho las palabras, no respeta mucho las ideas. El que no respeta mucho las ideas, no respeta mucho la Verdad. Y el que no ama enormemente la Verdad, simplemente se queda sin ella. No hay peor castigo”

¡Hasta el próximo podcast si Dios quiere! Dios los bendiga


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