Acompañemos hoy a la Reina de los Dolores


¿Cómo se empieza redactando una tragedia? ¿cómo se comienza hablando de la mayor de las injusticias y del crimen más grande de la humanidad sin comenzar con rudeza?

No encuentro cómo, así que sin más hay que decirlo: hemos matado a Dios, y lo matamos de la forma más vil que se pueda describir. Y como si eso fuera poco, lo matamos delante de su Madre y clavamos su corazón también ese viernes en la cruz. Matamos a su Hijo y el cielo permitió que Ella fuera en todo este cruel acto primer testigo.


Es difícil poner en la mente la imagen de una madre viendo sufrir a su hijo -una madre- que es la primera cara que nos sonríe y la primera voz que nos habla con dulzura en nuestras vidas, y todos los atributos que le siguen a la bondad que las caracteriza.


Ahora imagina a María, que, de todas las mujeres, Dios la eligió como su madre…

Cuánto habrá amado su figura maternal… necesito que hagas el esfuerzo de imaginarlo, porque esto fue lo que me llevó a mí, a hacer un buen examen de conciencia; y por eso pensé que también podría serte útil hoy, un sábado Santo.


Aunque creamos conocer la escena, hagamos un esfuerzo, comencemos desde el principio: es viernes, Jesús fue sentenciado a muerte y luego de azotarlo y darle para que cargue una pesada cruz, ahora camina por las calles de Jerusalén.

Y como lo siguen golpeando (sí, no se entiende tanta crueldad), y la cruz es pesada, cae… y cuando se levanta, (pasamos a la cuarta estación del viacrucis) y levanta la mirada…

se encuentra con la mirada de su Madre Santísima...


Además de llevar el peso de nuestros pecados, ahora tiene el pesar de ver en su Madre tanta angustia y dolor. Ciertamente hay una conexión mística en esta mirada que se cruza entre ellos, si no, ¿cómo soportó María ver a su Hijo en esas condiciones, sumado a que también sabía que era el Hijo de Dios?


¿Cómo Jesús, (que la eligió por ser la más agraciada y bendita entre todas las mujeres, por ser la más generosa y fiel), soporta ahora el yugo de verla llorar amargamente, conociendo perfectamente -por ser Dios- el pesar que le oprimía el corazón?


No podremos terminar de comprenderlo nunca… Aquí podría haber terminado tristísimamente esta tragedia, pero el peso de nuestros pecados los hizo andar por diez estaciones más, cargando ese madero que nos representa.


María siguió cada una de esas estaciones, que fueron espadas en su Corazón Inmaculado: cuando lo insultaban, María lo veía; cuando lo abofeteaban, María lo veía; cuando cayó de nuevo, Ella lo vio; y cuando lo despojaron de sus vestiduras, Ella contemplaba llorando; y cada clavo en el cuerpo de Jesús, era un clavo en su corazón…


Cuando pensábamos que la crueldad del hombre había llegado a su punto máximo, y habíamos agotado la misericordia de lo alto, Cristo se dirige a su Madre y la hace Madre de toda la humanidad en el diálogo más largo que pronuncio desde la cruz.

Y Ella, siendo la más doliente de todas las madres y la Reina de Dolores, acepta y recibe ese día a la entera raza humana, entre los que estaban, claro… los artífices de la más grave injusticia…; y por supuesto también nosotros o sea, aquellos por los cuales su Hijo tan amado muere de esta forma… Los acepta y recibe… ¡¡como hijos!!...


Después de esta escena se puede comprender un poco más la misericordia de Dios y, algo de porqué el remedio para nuestras caídas es… ¡María!


Cuando llorando veía la escena del encuentro entre Jesús y María en la Pasión de Cristo de Mel Gibson se me vino un pensamiento a la mente: “cuanta expiación de los pecados y sufrimiento místico hay entre esa estación y las diez que le siguen”…

No cabe duda de que María es corredentora, porque su sufrimiento ayudó a limpiar nuestras flaquezas y pecados ese día. Y entonces pensé: no puedo simplemente ser una espectadora de la Pasión” …


Y ahora te pido que pienses: “¿nos vamos a quedar como meros espectadores?

¿No merecen consuelo cada una de las lágrimas que derramo La Virgen?”

Llegados a este punto de la lectura, creo que la respuesta unánime es .

Pero… ¿cómo? ¿Es posible consolar un corazón tan dolorido como el de María?


La respuesta está en cada uno de nosotros y en nuestra generosidad, pero sería genial si empezamos pensando: ¿para qué la Virgen soportó todo este suplicio?,

¿Por qué lo permitió Dios? Si la respuesta es “para nuestra salvación”, entonces es tiempo de ser más conscientes.

Hay que dolernos de nuestros pecados, pero también ser agradecidos.


Lo hicieron para que me salve. No puedo menos que buscar merecer su perdón, hoy… hoy Sábado Santo, día de los dolores de la Virgen, no puedo menos que intentar ser para la Madre dolorosa un consuelo.


Y para ser más consientes, hay que examinar nuestra conciencia, y ver qué hay también en nuestra alma. Sacar cada piedra y torpeza que en ella haya, aunque sea por hoy, por los sufrimientos de aquel día, para que no haya sido en vano el dolor que la envolvió, cuando sin vida, pusieron el cuerpo de su Hijo en su regazo…


Mañana resucita el que dijo de sí mismo: “Yo hago nuevas todas las cosas”…

¿Voy a perderme la oportunidad de volver a comenzar?...


Pidámosle el amparo y el auxilio a la Reina de la creación, que nos tomó por hijos, aquel día en la cruz, para que, arrepentidos de nuestros pecados, hagamos un buen examen de conciencia, lloremos nuestras faltas y nos acerquemos a recibir su consuelo.

¿Por qué dejar pasar esta oportunidad?

Te comparto esta hermosa oración de la Madre Dolorosa que encontré y me gustó mucho, aunque no sé quién es su autor:


Dame tu mano, María, la de las tocas moradas;

Clávame tus siete espadas en esta carne baldía.

Quiero ir contigo en la impía tarde negra y amarilla.

Aquí, en mi torpe mejilla, quiero ver si se retrata

esa lividez de plata, esa lagrima que brilla.


¿Dónde está ya el día luminoso en que Gabriel

Desde el marco del dintel, te saludó: “ave, María”?

Virgen ya de la agonía, tu Hijo es el que cruza ahí.

Déjame hacer junto a ti este augusto itinerario.

Para ir al monte Calvario cítame en Getsemaní.


A ti doncella graciosa, hoy Maestra de dolores,

Playa de los pecadores, nido en donde el alma reposa,

A ti te ofrezco, pulcra rosa, las jornadas de esta vía.

A ti, Madre, a quien quería cumplir mi humilde promesa.

A ti, celestial princesa, Virgen sagrada María. Amén.


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