David y Goliat. Débil ¡eres fuerte! (1)


David era un pastor de ovejas, pequeño, de contextura delicada. Goliat, el guerrero más pesado, fuerte y armado del ejército filisteo. En contra de todos los cálculos, venció el pequeño y su historia traspasó todos los siglos, transformándose en inspiración para una multitud de guerreros, héroes y santos de todas las épocas. Pero ¿de verdad fue “en contra de todos lo cálculos”? ¿Eran desventajas las desventajas de David? ¿Eran verdaderas fortalezas las fortalezas de Goliat?... Detrás de esta magnífica historia de un duelo épico se encierran muchas enseñanzas claves para nosotros. Vamos a ver punto por punto para entender cómo se aplica en nosotros esto de San Pablo: “entonces, cuando soy débil, soy fuerte” (2 Cor 12, 10)


En una serie de post intentaremos dar respuesta a estas preguntas, para descubrir cosas que no habíamos tenido en cuenta. Pero, antes que nada, comencemos por la historia. Esto ocurrió unos mil años antes de Cristo.

Breve historia de un héroe

Todos conocemos más o menos de memoria la historia de David y Goliat, pero, démosle una revisadita para refrescar algunos detalles que se nos puedan haber perdido en el camino.


David es uno de los más grandes héroes que encontramos en la Biblia. Antepasado del héroe máximo que fue Jesús. Sí, Jesús también fue un héroe y llevaba en sus venas la sangre de David (hoy diríamos, algo de su ADN… ¡Ja!).


El “background” de la historia tiene que ver con un enfrentamiento entre el pueblo de Israel (que en ese momento era liderado por el rey Saúl) y los Filisteos, un pueblo pagano que había venido del mar y estaba asentado en la costa.


Goliat era una especie de superhumano gigante (la Biblia habla de unos 3 metros casi de altura), una especie “increíble Hulk” digamos. Y encima armado, sólo la “cota de malla” de bronce (una especie de red metálica a modo de camisa que protegía el cuerpo y solía ir debajo de la armadura), pesaba unos 57 kilos. La hoja metálica de la lanza otros 7 kg más. Si sumamos el resto de la armadura y del armamento, estamos hablando de algo más parecido a un tanque de guerra que a un ser humano…


La historia es apasionante. Los dos ejércitos completos se encontraron cara a cara en el valle de Efes-damim. La tensión era altísima. De en medio del ejército filisteo sale nuestro “monstruo” Goliat a desafiar a los Israelitas con estas palabras: “¿Por qué no escogen a alguien que se me enfrente? Si es capaz de hacerme frente y matarme, nosotros les serviremos a ustedes; pero, si yo lo venzo y lo mato, ustedes serán nuestros esclavos y nos servirán”. En síntesis, si Goliat ganaba, básicamente el entero pueblo de Israel se convertiría en esclavo de este pueblo pagano de los filisteos.

Era un “partido” más importante que cualquier mundial de fútbol, la vida y la felicidad de cientos de miles de personas dependían del desenlace de este duelo entre… sólo dos hombres.


“«¡Yo desafío hoy al ejército de Israel! ¡Elijan a un hombre que pelee conmigo!» Al oír lo que decía el filisteo, Saúl y todos los israelitas se angustiaron y tuvieron mucho miedo” (a propósito del miedo… mirá este blog).


Por supuesto nadie quería saber nada con el duelo y miraban para otro lado… Hasta que se ofreció David. Recordemos esto que es muy importante: ofrecerse. Pero sigamos con la historia. David se ofrece, pero ¿qué lo movía a ofrecerse? ¿tal vez el ego? ¿la temeridad? ¿el pasar a la historia como un héroe?... leamos en la Biblia las palabras de David: “¿Quién se cree este filisteo pagano, que se atreve a desafiar al ejército del Dios viviente?”. Pequeño peeero… tenía celo, amor por la honra de Dios. Este fuego interior lo movía. Se irritaba de pensar que se estaba menospreciando no a un ejército, fueran pocos o muchos, pastores o guerreros experimentados, sino “al ejército del Dios viviente”. Eran el ejército de Dios.


Todavía no había tomado la decisión de ofrecerse, pero ya empezaba a encenderse esa resolución en su corazón. Pero claro, para llegar al campo de batalla y alcanzar la cumbre del heroísmo en el combate… primero hay que sortear varios obstáculos y el primero suele estar entre los de casa, y en uno mismo. ¿Entre los de casa? Sí, miren lo que le dice uno de sus hermanos (por envidia…): ¿Qué has venido a hacer aquí? ¿Con quién has dejado esas pocas ovejas en el desierto? Yo te conozco. Eres un atrevido y mal intencionado. ¡Seguro que has venido para ver la batalla!


“Esas pocas ovejas”, primero le recuerda su oficio, humilde, de pastor. No sos un guerrero ¡fuera! Segundo, “pocas ovejas”… ni siquiera era un pastor de un gran rebaño. Un verdadero “don nadie”, un “nobody”, como dicen en inglés.


Nunca nos olvidemos que los cobardes o los perezosos que no hacen nada, tienen un don especial para criticar y desalentar a aquellos en los que el Señor ha puesto coraje e intrepidez. Pero David superó este obstáculo. Sigamos la historia:


¡Nadie tiene por qué desanimarse a causa de este filisteo! —dijo David— Yo mismo iré a pelear contra él. —¡Cómo vas a pelear tú solo contra este filisteo! —replicó Saúl—. No eres más que un muchacho, mientras que él ha sido un guerrero toda la vida. David le respondió: —A mí me toca cuidar el rebaño de mi padre. Cuando un león o un oso viene y se lleva una oveja del rebaño, yo lo persigo y lo golpeo hasta que suelta la presa. Y, si el animal me ataca, lo agarro por la melena y lo sigo golpeando hasta matarlo. Si este siervo de Su Majestad ha matado leones y osos, lo mismo puede hacer con ese filisteo pagano, porque está desafiando al ejército del Dios viviente. El Señor, que me libró de las garras del león y del oso, también me librará del poder de ese filisteo. —Anda, pues —dijo Saúl—, y que el Señor te acompañe.”


En el “pastor de pocas ovejas” se encerraba un guerrero, al cual todavía no le había llegado su hora. Pero la hora llegó, como les llega siempre a aquellos que se preparan. Como le llegó a Cristo el viernes Santo. Como les llega a todos los grandes héroes.


3 enseñanzas claves

Saquemos 3 enseñanzas de lo que vimos hasta aquí:


1. Ofrecernos. Dios mira con ojos de amor muy especial a los que se ofrecen... Él inspira en el corazón la heroicidad, la generosidad, y luego guarda silencio. Espera. Recordemos la “insinuación” que Dios le hizo al profeta Isaías según él mismo nos contó: oí la voz del Señor que me decía: ¿a quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros? Y yo dije: heme aquí, envíame a mí. Y Él dijo: ve, y di a este pueblo… (Is 6, 8-9). “A quién enviaré!!” qué hermosísima manera para mostrar cómo Dios quiere hacer que nazca el deseo en nosotros. Prefiere inspirar a mandar. El amor al temor.


¡El Corazón Divino se enciende cuando ve que damos un paso adelante y decimos: “ego sum!” aquí esto yo! La heroicidad se forja en estos ofrecimientos, pequeños al principio, y poco a poco más grandes. Y no nos engañemos, no hace falta preverlo todo. María se ofreció diciendo: “He aquí la sierva del Señor”… María, lo dicen todos los Santos, no conocía a fondo todo lo que iba a tener que sufrir. Conocía e imaginaba lo suficiente para ofrecerse y luego…. ¡se puso en manos de Dios! Los héroes y los santos nunca se sienten solos, siempre se sienten bendecidos, acompañados y sostenidos por una fuerza especial. En eso se sostiene su osadía, eso los lleva a aspirar a grandes cosas.


2. Prepararnos para nuestra hora. El pastor “matador de leones”, como el mismo David le contó al Rey Saúl, resulta una buena metáfora que encierra esta enseñanza: dar lo máximo en lo que hacemos nos prepara para subir a otro nivel. No se trata necesariamente de matar osos agarrándolos de las mechas, como David, jaja… Se trata de dar lo mejor de nosotros en lo que sea que hagamos, aunque sea cuidar unas pocas ovejas: pero cuidarlas con uñas y dientes, dándolo todo.


3. Cerrar los oídos… y confiar en Dios. No dejar que “nos hagan la cabeza” los cobardes y los que nunca hacen nada… Siempre hay mil peros para ellos. Saben recordarnos nuestros puntos débiles, y lo que “no somos”, saben desalentar y rebajar nuestra autoestima. Necesitan que nosotros no hagamos lo que ellos no hacen y no están dispuestos a hacer. Al único que tenemos que escuchar es al Señor, que no deja de decirnos “a vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo”… (Lc 12, 1). Y al Él encomendarnos.


Si seguimos estos sencillos consejos, crecerá nuestro heroísmo, y nos pondremos en ocasión de dar al Señor cosas más grandes, y de hacer obras de mayor alcance para Él.

—Pero padre! ¿Cómo termina la historia de David y Goliat??...


Hijos míos… eso lo veremos la próxima semana, hay más grandes y mejores cosas por aprender todavía de esta historia. ¡Hasta la próxima semana si Dios quiere!



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