No más miedos (aprende a decidir)


Su hijo estaba por comenzar la universidad. Y su padre sintió en su corazón esa sensación de emociones mezcladas: orgullo, tristeza por la distancia que tomaría de su hijo, deseo de ayudarlo a prepararse para este nuevo viaje. Entonces decidió hacerle un regalo a su hijo, un "libro de instrucciones para la vida”, escrito a mano, por su propio padre. Algo así como una bitácora, un mapa, una guía que lo acompañara incluso cuando él no pudiera estar presente físicamente.


El padre se llamaba Jackson Brown, y terminó sin quererlo escribiendo un best seller que justamente lleva ese nombre: Life's Little Instruction Book o Pequeño libro de instrucciones para la vida.


El libro está lleno de frases e ideas inspiradoras, y una de ellas es esta:

Un deseo no cambia nada, una decisión lo cambia todo.


¡Sube a la cima!


Los que somos padres (espirituales o de sangre) conocemos lo que significa desear con todo el corazón que nuestros hijos crezcan, desarrollen todo su potencial, sean felices y tengan una vida extraordinaria a los ojos de Dios y de los hombres.


Y sabemos que para llegar a esa cima hace falta construir -peldaño a peldaño- una escalera. Cada peldaño de esa escalera es una decisión. La visión de la cima inspira el amor y el deseo, pero sólo esos pasos que llamamos “decisiones” son los que nos mueven hacia arriba, son los que lo cambian todo, los que nos hacen ser lo que somos.


No somos productos de nuestras circunstancias, sino de nuestras decisiones Steven Covey

Uno de los grandes impedimentos para tomar decisiones, para dar esos pasos, es esa pasión que llamamos... miedo. El miedo es algo paraliza, a veces... literalmente. Suelo contar una historia de algo que me sucedió cuando era pequeño. Estaba viendo televisión en casa, de noche, en la habitación de mis padres. Ellos ya estaban dormidos, yo me había quedado sentado en un sillón viendo una película. El cuarto estaba oscuro, sólo iluminado por la pantalla de TV. Cuando termina la escena final -ya era tarde y no sólo mis padres, todos en casa dormían-, me acerco a la pantalla y la apago. En ese momento todo quedó completamente oscuro y yo sentí unos pasos que bajaban rápidamente la escalera que se encontraba a unos metros de la habitación. Se suponía que no había nadie en la casa levantado, así que quedé completamente helado, paralizado del miedo. No pude mover ni un dedo durante tal vez un minuto entero que duró esta… “garrotera”, digamos, jaja.


Cuando pude recuperar el calor en la sangre lo primero que hice fue encender la luz, ver que no había nadie (¿tal vez fue mi imaginación?... nunca lo supe), y emprender el temido paso hasta mi propia habitación. Esos metros hasta llegar fueron una pequeña hazaña a mis 10 años de edad… finalmente pude dormir tranquilo, gracias a Dios y a mi ángel de la guarda...


El miedo paraliza. Y estas “parálisis” muchas veces no se dan sólo a nivel físico, sino más frecuentemente a nivel de la voluntad. Pueden congelar nuestra decisión, y dilatarla al infinito para dejarnos anclados en lugares que no deberíamos.

El miedo y sus aliados


El miedo, claro, tiene un aliado: la imaginación… El miedo es una pasión o sea es algo así como una fuerza ciega e instintiva. Y como todas nuestras pasiones, es capaz de ser empujada por nuestras potencias superiores, como la inteligencia. En esos casos, la inteligencia puede “hacerle entender” a nuestro miedo que “no hay nada para temer, que nos tenemos que quedar tranquilos”. Pero la inteligencia no actúa en el aire, desencarnada, sino en este compuesto humano que somos nosotros y entonces a veces es el miedo (¿a veces? ¡muchísimas veces!) el que empuja la inteligencia a buscar razones a favor de lo que tememos, a justificar esa parálisis o peor, tal vez, esa huida de lo que no deberíamos huir.


Dominada por el miedo, la imaginación (al igual que en el caso de la autocompasión que mencionamos la semana pasada), es la que presenta a la inteligencia (bajo forma de imágenes temibles) consideraciones y ficciones que nos desalientan y retraen a la hora de tomar nuestras decisiones.


Al mismo tiempo la inteligencia aporta lo suyo y encuentra razones "lógicas" y "prudentes" para colaborar con el miedo en esta movida de “frenar” la decisión.


Esta es la química de un fracaso producido por el miedo. Estos son los componentes. Resumido a mi manera, lo sé. Pero sospecho que no debe estar muy lejos de la realidad.


Estos fracasos que produce el miedo son tan tristes como un aborto, que a veces es espontáneo (sin entender bien que pasa en nosotros, por cosas que no terminamos de manejar del todo voluntariamente) o a veces inducido, por la acción de otros. Porque claro, están los que alimentan nuestros miedos para influir sobre nosotros. No siempre con maldad, a veces simplemente porque ellos también están dominados por los mismos miedos.


Pero entonces, el miedo es algo muy malo ¿no?


No. No necesariamente. El miedo como toda pasión depende de que esté ordenada, y que le demos el lugar, el momento y la dosis justa para que sea nuestro aliado o mejor: juegue en nuestro equipo.


El miedo, frecuentemente, es muy útil como advertencia ante los peligros. Quien no tuviera miedo del precipicio fácilmente caería. De hecho, es lo que les pasa a muchos antes de caer: perder el miedo, por completo. Perdido el miedo se pierden los cuidados prudentes. Perdidos los cuidados se cae con facilidad. Está llena la vida de estos ejemplos.


Pero “no actuar”, no correr riesgos, no tomar decisiones, no es la solución “automáticamente prudente”. Tampoco el dilatar las decisiones “in aeternum”, o sea, al infinito.

¿Y cómo vencer el miedo a decidir?


Primero: ¿Qué es decidir? El padre Mendiola (Atrévete a decidir, 2018) lo explicaba así: es formar un juicio verdadero tras un oportuno discernimiento, en especial sobre aquellas cosas que se presentan como dudosas o no se acaban de ver claras. El padre da algunas preguntas que pueden servirnos de orientación para las decisiones más difíciles como, por ejemplo: ¿Qué deseo hacer exactamente? ¿He pensado bien lo que debo decidir? ¿Qué posibilidades tengo de acertar? ¿Cuento con los medios suficientes? ¿He previsto las posibles dificultades? ¿Tendré fuerzas para asumir mis compromisos?...


Pero claro, para muchas personas, sobre todo si son escrupulosas, o… justamente miedosas… estas preguntas pueden no terminar de resolver el problema.


La toma de decisiones realmente exitosa reside en un equilibrio entre pensamiento deliberado e intuitivo. Malcolm Gladwell

Además, muchas veces no es fácil dar respuestas categóricas y definitivas a ciertas cuestiones, siempre hay un rango de ambivalencia, duda razonable o incertidumbre que son inevitables. Y no siempre es prudente -y en esto radica la dificultad- suspender la decisión porque “no se tienen todas las respuestas”. Hay veces que la única manera de saber si una decisión es buena… es tomarla. El fracaso, si ocurre, será nuestro maestro y nos dejará una lección, tal vez la mejor aprendida.

Consejos para decidir bien


Decidir bien es un arte. Desde ya que decidir siempre es un riesgo, pero también es una oportunidad. Quien no quiere correr riesgos tampoco obtendrá ganancias. Es ley de la vida que no se le abrirán las puertas de las oportunidades a los temerosos. Hace falta estudio y reflexión, valentía y sensatez, mente clara y voluntad despierta, porque solo así se podrá juzgar y elegir lo mejor.


Para terminar, te dejo 5 consejos que puedes seguir para decidir bien:


1. Pide luz y fuerza al Espíritu Santo. Pon a Dios al inicio de todos tus caminos, y Él no te defraudará. No te engañes ni quieras engañar a otro. Se sincero, en la presencia de Dios, de qué es lo que buscas.


2. Luego: decidir. Sí, eso mismo. Para decidir hay que... decidir... Qué quiero decir… que sea que optemos por hacer algo o por no hacerlo, conviene que hagamos un acto consciente y explícito, seamos sinceros con nosotros mismos y digamos: no voy a hacer esto por esto y por esto, o porque tengo miedo o porque no quiero arriesgarme o porque me parece imprudente hacerlo. O, si es positivo el veredicto, lo voy a hacer por esto y por esto otro.


Casi cualquier decisión es mejor que no tomar ninguna decisión… Dejar que las cosas “pasen” es el peor modo de llevar adelante nuestra vida. Es como estar sentados en un velero sin velas ni timón. Más bien... es una balsa a la deriva. No engañarnos diciendo “no he tomado ninguna decisión todavía”. Las indecisiones se convierten en decisiones con el tiempo. No nos olvidemos que las decisiones también exigen un “timming”, como dicen en inglés. Un tiempo justo. Una frase que siempre me gustó: la oportunidad es como el hierro: hay que golpearlo en caliente.


3. Evitar los dos extremos: la temeridad y la cobardía. Cada uno de nosotros suele inclinarse habitualmente más hacia un lado. Reconocerlo es muy importante, como así también conviene examinar nuestras anteriores decisiones (que tomamos… o que ¡no tomamos!). ¿Cómo nos fue? ¿en qué nos equivocamos? ¿en qué nos engañamos?


4. ¡Ojo con el estado anímico al decidir! Tanto la excesiva euforia como la desolación (tristeza o desganos profundos) pueden ser malos consejeros. San Ignacio decía que no había que hacer “cambios” (“mudanzas”) en tiempos de desolación. Esperar que pase la tormenta de sentimientos suele ser una norma de prudencia básica.


5. Determinación. Los miedos son tigres de papel. La mejor manera de tomar una decisión y vencer el miedo es tomarla con determinación. A veces no terminamos de saber si una decisión fue buena o no; a veces no terminamos de saborear los resultados, porque la hemos tomado casi “sin querer queriendo”… Entramos a la decisión como quien está parado en la puerta de una habitación y se lo chocan y entra con las manitos tomadas por delante como el defensor en posición de tiro libre, pidiendo perdón por entrar…


Santa Teresa de Jesús decía con su habitual y magnífica energía: «Digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella (en este caso la santidad), venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo» (Camino de perfección, 21,2).

En fin, NO MÁS MIEDOS. No habrá heroísmo ni santidad en tu vida si dejas que el miedo te domine. Héroes y santos o nada, "venga lo viniere, siquiera se hunda el mundo"!!!


Hasta el próximo post si Dios quiere, ¡Él te bendiga! PD: Ah! 😃 ¿ya conocés nuestra sección de meditaciones diarias?

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