Cómo pasar del tedio a la motivación

A veces nos despertamos en las mañanas y sentimos que una ola de tedio nos invade.

Quizá esto nos pasó bastante seguido estos días de encierro, porque ya no saltamos de la cama directamente para salir al mundo de las distracciones y evitar pensar o caer en la cuenta de cómo nos sentimos.

No sabemos con seguridad por qué algunos días parecieran anímicamente más grises. Quizá las tareas que tenemos por delante no nos ilusionan tanto, o hasta nos disgustan del todo… A lo mejor no nos llevamos bien con nuestro jefe o compañeros de trabajo -¡aunque nos esforcemos!- y eso nos desmotiva a interactuar con ellos, o… mil situaciones más que puedan ocurrir… Lo cierto es que esto les pasa alguna vez, incluso a las personas más dinámicas, entusiastas y motivadas. Salvo que seamos unos “profesionales de la melancolía”, o personas imposibles de entusiasmar (o que estemos enfermos, por qué no), el verdadero problema empieza cuando estas situaciones se dan muy seguido.

Sin caer en dramatismos negativos como para afirmar que cualquier tiempo pasado fue mejor, sí tenemos que reconocer que los últimos cincuenta años (para decir un tiempo no muy lejano), nos dejaron un mundo que se caracteriza por:

  • Familias amenazadas constantemente por la inestabilidad;

  • Falta de lealtad y fidelidad en las relaciones: de pareja, de amigos, entre familiares (y mucho más en las relaciones laborales);

  • Inestabilidad política y económica, con tensiones y presiones… (y ahora una supuesta pandemia mundial…);

  • La revolución tecnológica y social que fomenta la mentalidad del descarte,… incluso del descarte de la vida humana, con el aborto y la eutanasia.

  • Muchas profesiones nuevas o exigencias laborales que requieren de nosotros más flexibilidad y adaptabilidad personal, etc.

Y como frutilla de este postre, nos damos cuenta que lo que podemos hacer para cambiar todas estas situaciones es prácticamente… poco…

Para cualquiera que conozca un poco sobre la naturaleza humana es evidente que estas características de nuestro mundo actual son caldo de cultivo ideal para la tristeza, la frustración, la falta de amor verdadero entre las personas, y sobre todo para una profunda sensación de falta de control de la propia vida y una pérdida profunda de sentido, que cada vez más vemos que aqueja a tantas personas actualmente.

La genial noticia -y es de lo que quiero hablarles en una serie de posts en el blog-, es que si aprendemos a entender el origen de nuestras actitudes y sentimientos de desánimo o desilusión (que a veces nos cuesta admitir o reconocer), y si accionamos algunos cambios motivadores en nuestra vida personal, de estudio, o profesional, vamos a disfrutar muy rápido de estas ventajas:

  • Vida familiar más armoniosa y gratificante;

  • Relaciones personales más profundas y enriquecedoras;

  • Equilibrio feliz entre nuestra vida privada y laboral;

  • Vida variada, llena de encanto y rica en poéticas curiosidades como decía G. K. Chesterton

  • Ilusión, motivación, vitalidad y energía en lo que hagamos: en nuestros proyectos personales, de apostolado, laborales, etc.

En definitiva, vamos a mejorar nuestra calidad de vida espiritual, intelectual, emocional, y física, que seguramente todos queremos.

Empecemos entonces…

En este post nos vamos a centrar en entender ¿porqué “me siento” como me siento (así de motivado o desmotivado)?

¿Para qué sirve saber esto? ¿hace falta? … depende… si estás conforme con cómo te sentís la mayor parte de los momentos de tu vida, quizá no sea tan importante responder esta pregunta. Pero, de todos modos, si querés tener influencia en tus estados de ánimo que no te gustan o que aparecen muy seguido, lo primero es saber su origen: porque no podemos gestionar algo que no entendemos.

Si miramos a nuestro alrededor, pareciera que todo el mundo busca “estar mejor”, pero pocas personas parecen saber cómo hacerlo y pocas demuestran haberlo logrado… y nos preguntamos por qué… La respuesta es fácil: porque nadie nos enseñó como alcanzamos ese “estar mejor” en todos los ámbitos… (una prueba de esto que les digo es que la habilidad de motivarse no forma parte de la educación de los hijos en las casas, o en las escuelas o universidades). Porque motivarnos, (o auto-motivarnos, para que se entienda) es una habilidad clave para cumplir nuestro propósito de vida.

Y aunque como católicos sabemos que nadie está mejor que aquel que tiene una vida interior rica y una relación cercana con Dios y la Virgen, la mayoría de las veces, además de descuidar esto -que es lo más importante para estar bien-, también seguimos una serie de pautas o reglas sociales que en teoría “deberían llevarnos a ese lugar de bienestar y felicidad”.

Pero estas pautas no se diseñaron para nuestro beneficio, todo lo contrario. Por eso no funcionan. Y tienen muy poco que ver con nosotros o con nuestras verdaderas necesidades.

¿Tan importante es esta habilidad de automotivarse en la vida de las personas?

Digámoslo sin tanto preámbulo: si estoy mal, las cosas me van mal y no tengo apoyos para salir de esa situación (pensemos incluso en las veces que cayeron en desgracia nuestros mejores deseos de santificarnos o los esfuerzos que hicimos por mejorar en algo, porque algo o alguien nos desmotivó, o algún obstáculo se interpuso y nos desanimó)

Y si estoy pasando por un mal momento (cualquiera sea el motivo), ¿quién me va a sacar de ahí? Respuesta: ¡yo! Con ayuda o sin ayuda de otros, porque no podemos todo solos, pero en todos los casos esa ayuda la tengo que buscar yo con mi habilidad para motivarme… (empezando por disponerme a rezar para pedir ayuda a Dios, y siguiendo por lo otro que tenga que hacer…). Desarrollar una personalidad madura y una libertad más plena tiene mucho que ver también con esta capacidad de automotivarme.

Volvamos al origen. Hay algo que los investigadores llaman “bienestar subjetivo”, que no tiene que ver con el nivel socioeconómico de la persona, ni con los ingresos una vez que tenemos cubiertas las necesidades básicas, ni el nivel de educación, ni las diferencias de sexo o raza…

Según los investigadores parece que cada uno tiene un “nivel de bienestar básico” que se mantiene a lo largo de la vida, sin importar mucho qué cosas hagamos al respecto. Incluso ellos se sorprenden por el mínimo impacto que tienen los sucesos vitales positivos o negativos a largo plazo.

Esto significa que la capacidad de adaptación de los seres humanos es tan alta, que después de 3 meses el impacto emocional de esos acontecimientos se desvanece (ya sean positivos o negativos), y después de 6 meses hasta es indetectable. Después los estados de ánimo vuelven a fluctuar según los hechos más recientes…

Esto quiere decir que tendemos a buscar la explicación de nuestra felicidad en acontecimientos pasajeros, y eso nos hace olvidar completamente las influencias más sutiles y frecuentes, pero más sólidas para nuestro bienestar a largo plazo.

Por eso, si aprendemos a automotivarnos vamos a poder gestionar mejor esas influencias más sutiles y frecuentes, pero más sólidas, para estar bien a nivel general.

Y aunque es cierto que nuestros genes influyen en nuestra mayor o menor satisfacción y bienestar, es muuuy importante cómo interpretamos lo que nos pasó para influir en los hechos.

Por último, algo que también influye en nuestro bienestar subjetivo, es nuestra “personalidad”, por eso les propongo hacer un análisis para saber cuál es la probable influencia de nuestra personalidad en ese bienestar (al final encuentran el link para hacer el test).

Todo lo que invertimos en autoconocernos nos va a ayudar y va a ser un buen punto de partida para cambiar algunos patrones mentales que tengamos, que pueden ser trabas para nuestro bienestar y para cumplir con el propósito que Dios nos dio a cada uno.

Conociéndonos mejor vamos a poder generar cambios motivadores en nuestra vida personal y profesional.

Pero…. ¿cómo hacemos esto en la práctica? Te lo cuento en el próximo post… ¡No te lo pierdas!

¡Dios te bendiga!


(link para conocer mejor tu personalidad: https://www.123test.com/es/test-de-personalidad/ )



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