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Decidí rendirme en Cuaresma



“Yo te conocí en el desierto, en la tierra de sequedad” (Oseas, 13:5)

No, no significa que he decidido bajar los brazos ante el combate espiritual, al decir de Lorenzo Scupoli. No estoy abandonando la carrera a mitad de camino. Precisamente la Cuaresma significa todo lo contrario.


Al afirmar que he decidido rendirme, lo que estoy expresando es mi intención de abandonar el control total que usualmente queremos tener sobre todos los diferentes aspectos de la vida. Yo lo imagino como un forcejeo entre nuestra voluntad y la voluntad de Dios. Como que intentamos jugar a ser Él durante alguna temporada hasta que nos damos cuenta de que es imposible. Transformamos nuestra relación con Dios en una especie de relación comercial donde creemos tener poder de negociación sobre diferentes asuntos de nuestra vida.


Hace más de un año, me diagnosticaron una enfermedad que afectó de forma irreversible mi calidad de vida. Dos palabras se me quedaron grabadas de ese momento: crónica e incurable. Ahí todavía no era consciente de que iba a tener que aprender a convivir con esa condición los siguientes años venideros. Esta cuestión no tardó mucho en presentarse concretamente: los síntomas me demostraron que lo que estaba padeciendo era real y que la voluntad y energía que entonces tenía eran cosa del pasado.


Creo que el aspecto más complejo de las enfermedades autoinmunes es que son esencialmente inciertas. Se manejan en un campo de incertidumbre. Y los seres humanos odiamos la incertidumbre. Aborrecemos la duda y la inseguridad. Pecamos por exceso a la hora de calcular y concluir, creyendo que, a mayor cantidad de variables consideradas, mayor será el resultado del éxito.

Dejemos la exactitud para las fórmulas matemáticas. Los asuntos humanos distan enormemente de esta cualidad. En mi caso, tuve que aceptar a la fuerza que iban a tocar días en los que no iba a experimentar síntomas e iba a poder llevar a cabo mis actividades diarias sin ningún problema, y días en los que iba a necesitar dormir hasta 12 horas o soportar dolores que iban a estorbar mis planes. Y sabiendo esto desde un primer momento, pasé todo el año pasado tratando de hacer lo contrario. Completamente negado ante la inevitable realidad de mi estado de salud, traté de tomar el control total para no aceptar que debía soltar el acelerador de mi ritmo de vida.


Y como sabía que no iba a poder vivir la Cuaresma como en años anteriores; es decir, haciendo ayuno y abstinencia porque la dieta nutricional que tengo que seguir es estricta, me puse a pensar seriamente de qué otra manera podría preparar el corazón para contemplar el Misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo. Fue en ese momento que me topé con una frase del gran Benedicto XVI:


“Queridos amigos, tal vez sea relativamente fácil aceptar esto como gran visión fundamental de la vida. Pero, en la realidad concreta, no se trata simplemente de reconocer un principio, sino de vivir su verdad, la verdad de la Cruz y la Resurrección. Y por ello, una vez más, no basta una única gran decisión. Indudablemente, es importante, esencial, lanzarse a la gran decisión fundamental, al gran «sí» que el Señor nos pide en un determinado momento de nuestra vida. Pero el gran «sí» del momento decisivo en nuestra vida —el «sí» a la verdad que el Señor nos pone delante— ha de ser después reconquistado cotidianamente en las situaciones de todos los días en las que, una y otra vez, hemos de abandonar nuestro yo, ponernos a disposición, aun cuando en el fondo quisiéramos más bien aferrarnos a nuestro yo. También el sacrificio, la renuncia, son parte de una vida recta. Quien promete una vida sin este continuo y renovado don de sí mismo, engaña a la gente. Sin sacrificio, no existe una vida lograda. Si echo una mirada retrospectiva sobre mi vida personal, tengo que decir que precisamente los momentos en que he dicho «sí» a una renuncia han sido los momentos grandes e importantes de mi vida.” (Homilía de Benedicto XVI, Domingo de Ramos, 5 de abril de 2009)

Abandonar todo control. Ese iba a ser mi sacrificio de Cuaresma, dejar que sea Dios quien gane la pulseada, desertar todo convencimiento de que a través del voluntarismo podía lograr lo que fuere y que podría contar con Dios como un auxiliar más. Hasta que no descarté esta idea equivocada que tenía con respecto a la Gracia, no fui capaz de rendirme genuinamente ante los brazos de Dios.


“Por eso yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón.” (Oseas, 2:16)

Cargar con la Cruz. La Cuaresma encarna el mejor momento para transitar la llamada vía purgativa. Consiste en ir desechando de nuestro corazón todos aquellos deseos e inclinaciones que estorban nuestra relación con Dios. No por nada se afirma que la Cuaresma es por antonomasia la preparación del corazón para la consecución de la contemplación del misterio de Redención de la humanidad.


Cuando decidí llevar esta cruz que me tocaba cargar a los pies de la gran Cruz, fui capaz de vislumbrar las gracias que Dios me estaba dando con ella. Porque ninguna cruz viene despojada de la Gracia de Dios. Porque el poder de Dios es tan grande, que aún del mal puede extraer cosas buenas. Entre ellas, la enfermedad me mostró claramente todos aquellos defectos, vicios e intereses superfluos que dirigían mi vida. Me los puso cara a cara. Me abrió la puerta hacia una especie de desierto donde me indicó que tenía que despojarme de todo aquello si efectivamente quería aprender a conocer a Cristo en el dolor.


Es natural cuestionarse las causas de los males que se nos presentan. Es muy humana la pretensión de querer entender por qué sucede lo que sucede. Lamentablemente, solo Dios lo sabe. Y aunque hay días que me lo sigo cuestionando, lucho para poder ir librándome de ese impulso controlador. Intento encontrar la paz y la tranquilidad que existen en la convicción de saber que cada cruz tiene primordialmente siempre un sentido sobrenatural, y que no existe cruz que no venga acompañada de la fortaleza correspondiente para poder sobrellevarla.


“Resulta natural y fácil aceptar las situaciones que, sin haber sido elegidas, se presentan en nuestra vida bajo un aspecto agradable y placentero. Evidentemente, el problema se plantea a la hora de enfrentarnos con lo que nos desagrada, nos contraría o nos hace sufrir. Y, sin embargo, es precisamente en estos casos cuando, para ser realmente libres, se nos pide «elegir» lo que no hemos querido e incluso lo que no hubiéramos querido a ningún precio. He aquí una ley paradójica de nuestra existencia: ¡no podemos ser verdaderamente libres si no aceptamos no serlo siempre!”. (Jacques Philippe, La libertad interior, p. 13)

Mí desafío para esta Cuaresma consiste en obtener la visión espiritual necesaria para poder identificar qué aspectos de mi vida tienen que mejorar para poder perfeccionarme hacia la santidad. Hay que ingresar en el desierto, el mismo en el que Cristo se retiró, para vaciarnos de toda la vanidad que entorpece la contemplación plena de los sucesos salvíficos que pronto están por suceder nuevamente. Es necesario cambiar nuestro corazón, purificarlo con la mortificación solitaria, propia de este desierto. Contamos más que nunca con los Sacramentos, la oración ininterrumpida y la meditación atenta de los acontecimientos que van suscitándose a medida que nos acercamos al Misterio Pascual.


Hoy más que nunca debemos abandonar la comodidad a la que estamos tan acostumbrados para poder crecer en la confianza absoluta en la Providencia de Dios y en sus planes. Es únicamente en Cristo donde podemos encontrar comodidad a partir de una vida incómoda. Es donde podemos descansar del dolor agobiante. Es donde podemos encontrar tranquilidad ante las preguntas sin respuesta.


Pidamos a San José, Celoso defensor de Cristo, que nos otorgue las gracias necesarias para delegar el control total de nuestra vida a Dios.




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