No más autocompasión (eso te está matando)

Actualizado: jun 25


Este post es una excusa para compartirles un secreto que a mí me ha ayudado muchas veces y tal vez les sirva a ustedes también.

Tranquilamente podría comenzar contándoles la historia de aquel soldado que apenas ingresado al combate, con tan solo 19 años, pierde sus dos piernas en el campo de batalla por la detonación de una mina.

A los pocos días es visitado en el hospital por su superior militar, quien al verlo todo vendado y sin sus piernas se sorprende de encontrarlo sonriendo y diciéndole: “voy a estar bien Capitán, no se preocupe por mí, vuelva al frente de combate, allá lo necesitan”.

Pero cada uno conoce historias similares, ¿no? Es más, tengo una que viví en primera persona que podría contarles también. Se trata de mi querido Ramón. Ramón es un buen policía retirado, ya grande, que después de jubilarse, y para aprovechar el tiempo, accedió a convertirse en personal de seguridad del colegio en el que trabajo. Ramón tuvo un accidente tonto, de esos que uno no termina de entender cómo algo tan tonto puede producir tanto daño. Lo cierto es que de un día para el otro tuvieron que amputarle una pierna. Hacía poco Ramón había perdido a Juan, un amigo suyo muy querido, que también trabajaba en el colegio. Yo pensé: pobre Ramón, justo una cosa después de otra… ¡se va a venir abajo!… Y con esos pensamientos y rezando por él, y preocupado de cómo lo encontraría de ánimo, entré al hospital a visitarlo…

Al llegar me recibieron las sonrisas de los familiares que lo acompañaban: su esposa y sus hijos. Ramón estaba sentado sobre el borde de la cama y también me sonrió, agradeciéndome la visita. Como lo vi bien, me animé a preguntarle cómo estaba: su respuesta me emocionó. Nada de autocompasión, ningún sentimiento de lástima de sí mismo. Sencillamente me dijo sonriendo: “Esto para mí es un desafío, gracias a Dios tengo la vida. Enseguida me dije: ¡vamos para adelante!” de pronto Ramón, que ya me había dado otros ejemplos (servicialidad, sencillez, laboriosidad, generosidad), me estaba dando uno más. Uno que me dejó pensando ¿cómo uno llega a tener esa actitud? ¿Cuál es la química de esa “garra” para enfrentar las dificultades?...

¿Cuál es la química de la “garra”?

Como toda química, la de la… “garra”, el buen ánimo o la actitud combativa para enfrentar los sufrimientos y desafíos que se nos presentan tiene sus “ingredientes”. Pero para desarrollarla primero hay que quitar un obstáculo esencial: la autocompasión (o “lástima de si mismo”) que nace cada vez que sufrimos o nos sentimos “víctimas” de algo.

La autocompasión es como un virus… para tomar una comparación que hoy nos es muy familiar. Es como un virus que entra en el mundo de nuestros sentimientos. Es algo así como una percepción injustamente negativa sobre nosotros mismos.


Exageramos lo malo que nos pasa o lo malo de la situación, o lo malo que hay en nosotros. Sentimos pena de nosotros mismos, nos vemos como pobres víctimas. Y queremos que los demás también nos compadezcan…

Es más, es como un “circo” que comienza en el interior pero luego se traslada a nuestras expresiones (nuestro rostro lánguido, nuestras palabras y hasta nuestra forma de caminar), un circo que hacemos para llamar la atención y buscar que otros se fijen en nosotros.

Si la compasión es una de los sentimientos más nobles que hay en un ser humano, su contrapartida, la “autocompasión”, es tal vez la más innoble… es algo así como una enfermedad emocional que distorsiona nuestra percepción de la realidad.


Mentímonos…

Decía el científico Richard Feynman: “El primer principio es que no debes engañarte, y [ el segundo es ] que tú eres la persona a la que es más fácil engañar”

La autocompasión es justamente una forma de engaño, o mejor, de autoengaño.

Es como un analgésico emocional que usamos para sentirnos menos responsables: no lo olvidemos: “somos víctimas”…

El engaño de la autocompasión entra en algunas almas buenas bajo la falsa apariencia de “humildad”, que les hace bajar la guardia contra el virus de estos pensamientos. Muchas veces utiliza frases como “no pueeeedo, soy un estúúúpido, no sirvo para naaaada… ¡pobre de mííííí, cómo suuuufro!”…

La autocompasión es un síntoma claro del ego, del orgullo. Y se cura con humildad y realidad. Muchas veces nace de expectativas equivocadas acerca de nosotros mismos, o de lo que creemos que deberíamos ser o cómo deberían vernos y tratarnos los demás. Cuando nos presentamos ante otros (salvo que sean nuestras personas de confianza) rara vez decimos “estoy asustado”, “estoy luchando”, “no sé”. Construimos una apariencia de seguridad y fortaleza y nos esforzamos por sostenerla como sea. Pero luego… claro… las cachetadas de la realidad nos llevan al polo opuesto, a refugiarnos en la autocompasión. Y cuidado, porque en muchos casos incluso existe una auténtica posibilidad de regresión psicológica hacia conductas infantiles: “no quiero, no quiero, no quieeerooo”…


Una mala medicina, hablar en vez de hacer algo

Para colmo, tenemos el vicio de querer construir nuestra realidad “hablando”… sí…, ¡hablando!: voy a hacer esto, voy a hacer esto otro. Yo quiero, yo soy… cuando llegue, cuando haga, cuando vaya… pero resulta que hablar no produce nada. Por más que hablemos diez largas horas de golf…, eso no nos convertirá en golfistas. Y lo más probable es que cuando tengamos el palo en nuestras manos y demos el primer golpe (para la mona, claro) digamos. ¡aayyyy no siiirvo, qué desaaaastreee!.... Pensamos que éramos Tiger Woods, y no… claro…

En fin, al final solamente estamos experimentando las dificultades que implica cualquier viaje. Es posible que hayamos fracasado, a lo mejor nuestro objetivo terminó siendo más difícil de lo que esperábamos. Nadie está permanentemente alegre y de buen humor, nadie es permanentemente exitoso, y nadie (mucho menos todavía) llega a la meta al primer intento, con el primer golpe; todos tenemos que luchar contra la adversidad y los reveses a lo largo del viaje. La autocompasión, no solo que no sirve para enfrentar estas pruebas y obstáculos, sino que además nos impide entenderlos. Y por si esto fuera poco: incluso muchas veces contribuye a que estas circunstancias se presenten.

No necesitamos autocompasión, necesitamos propósito, madurez y paciencia.


Mi secreto…

Como no me gusta dar consejos que yo no sigo, trato de practicar lo que digo, y una de mis prácticas favoritas (la cual recomiendo siempre) es: cuida tus pensamientos. Es de los primeros consejos que daría a cualquiera, y lo repito a todos los que me rodean con frecuencia. Las falsas ideas sobre uno mismo nos pueden destruir. Sea por exceso (somos geniales) sea por defecto (no servimos para nada…). A veces simplemente basta huir de los pensamientos de autocompasión haciendo otra cosa.

Como sea, cada uno debe buscar su mejor estrategia, lo que mejor le funcione.

Pero convenzámonos: todo lo grande y heroico que queremos construir, TODO, nace en nuestro interior. Allí se dan siempre los mejores y más importantes combates. Poner los pensamientos adecuados, sacar los pensamientos tóxicos. A esto hay que ocuparse seriamente, cada día, todos los días, sin excepción (paréntesis, por eso recomendamos vivamente la meditación diaria).

Y la autocompasión se cura también con una adecuada dieta de realidad y de pensamientos adecuados.

El primer pensamiento que tenemos que plantar es este: somos estudiantes. En la vida no somos (aún cuando tengamos muchos años) “maestros” (“a nadie llaméis Maestro”, dijo el Señor en Mateo 23, 8). Estamos siempre aprendiendo. ¿Nos engañaron? Aprendimos algo sobre la fragilidad de las personas o, por qué no, de la maldad de las personas. ¿Nos enfermamos? Podemos aprender a cuidar más nuestro cuerpo (si somos descuidados) o a llevar con paciencia las inevitables pérdidas de salud. ¿Perdimos algo?, podemos aprender a sustituirlo con otra cosa o a aprovechar una oportunidad que la posesión de lo que teníamos nos impedía ver. Somos estudiantes.

Segundo pensamiento: indiferencia ignaciana. Pensar frecuentemente que, aunque uno se aferre a tales y cuales cosas, en realidad no son las únicas que nos pueden llevar al fin que queremos o que Dios quiere para nosotros. No aferrarnos a nada de manera absoluta sino condicionalmente:Señor, si esto no lo quieres para mí, dame lo que tu quieres y ayúdame a llevar eso con paciencia”. Ese sería un buen pensamiento, una buena actitud.

Tercer pensamiento: espera siempre lo mejor de Dios. Ya algún día hablaremos más largamente sobre esto. Por ahora enunciémoslo. La confianza en Dios es el mejor remedio contra nuestra autocompasión. Busquemos y pidamos la compasión de Dios y confiemos que ya la poseemos. Y de verdad la poseemos. Dios quiere y procura siempre lo mejor para nosotros, sea que nos demos cuenta o no, Él obra siempre en nuestro favor, para nuestro beneficio. Dios sabe qué es lo mejor para nosotros.

En fin, este es el primero de una serie de post que me gustaría compartirles para ayudarnos a desarrollar nuestro heroísmo, nuestra magnanimidad. En un próximo post hablaremos sobre el miedo… otro gran pensamiento tóxico…

Me despido con este pedido: habla poco, reza y haz mucho. Dios necesita héroes y santos, no ensimismados pusilánimes.

Hasta el próximo post, ¡Dios los bendiga!



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